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¿Ser Influencer o ser de influencia?

¿Estoy siendo de influencia realmente?

Con frecuencia me hallo haciéndome esta pregunta, meditando si en verdad estoy amando a Dios con todo mi corazón, como dice en Mateo 22:37 y buscando, en consecuencia a este amor; servirle amando a los demás para que otros puedan conocerlo y crecer en relación con Él o si, por el contrario, estoy realizando muchas  actividades “espirituales” en una búsqueda de llenar mi ego, de disfrutar de halagos y afirmaciones de quienes me rodean.

Como comunicador, dar a conocer lo que Dios está haciendo a nivel espiritual en distintos lugares y cómo usa a distintas personas, contar historias de vidas transformadas para darle gloria a Él y que más personas puedan conocerlo, es algo que me apasiona. Me gusta imaginar que quien ve un post o un artículo a través de una red social por primera vez pueda llegar a ser animado a sumarse o a emprender algo grandioso para Dios. Aunque con frecuencia me encuentro en un dilema:

¿Es correcto recurrir a mis redes sociales propias para comunicar esas historias? 

Vivimos en un mundo hiper-conectado, las redes sociales juegan un papel muy importante en las relaciones y en la percepción de la realidad. Pareciera que nuestra existencia se comprueba solo al publicar nuestra vida en instagram, facebook, tik-tok, etc y donde, a veces, medimos nuestro éxito según el nivel de aprobación que recibe un post personal. Con cada publicación me pregunto ¿Dios está siendo glorificado con mi vida o soy yo quien se llena de gloria por lo que Él hace en o a través de mí?

Quiero creer que este dilema no es solo mío, pues a lo largo de la Biblia podemos ver cómo diferentes personajes de relevancia vieron las bendiciones de Dios ser limitadas por un enemigo común a todos los seres humanos y que atenta contra la soberanía del Señor en nuestras vidas: el Ego. Esta lucha, presente en la vida de cada cristiano se puede ver amplificada en esta época donde los medios virtuales nos regalan un alto nivel de visibilidad a cambio de “exponernos de manera segura”, es decir, teniendo mayor control de lo que elijo mostrar y qué imagen pública construyo.

Cuando comencé a servir al Señor Jesucristo, una frase que mis mentores trajeron a mí con recurrencia era “ser para hacer” animándome a crecer en aquellas áreas que Dios quería desarrollar, trabajar mi carácter, ser más a la medida de Jesús y, de esta manera, servir con excelencia. Sin embargo, es fácil escapar del tedioso proceso de trabajar hacia un carácter Cristocéntrico y acudir al “mostrar antes que ser”, publicando constantemente contenido personal seleccionado en el cual pueda enseñar lo mejor de mí mismo, aparentando haber pagado el costo que implica seguir a Jesús. 

Antes de continuar, creo importante aclarar que no todos hacen esto conscientemente, ya que las redes, los medios, el internet en general están pensados para otorgar grandes dosis de satisfacción, acompañada de una falsa sensación de realización personal, por lo que si eres un usuario recurrente es probable que, en algún momento, te hayas encontrado en mi lugar, publicando estados de facebook o fotos en tu feed de instagram con ganas de ver muchas notificaciones que afirmen tu opinión o imagen. Es lo normal, al escribir esta reflexión no es mi intención hacerte sentir mal, pues es una lucha que yo tengo. Es la tendencia que culturalmente se nos “impone” de querer ser influencers. 

“En el futuro, todo el mundo será famoso durante 15 minutos.” – Andy Warhol (1928-1987) 

Hablemos de ser un influencer

El término influencer significa, en términos digitales, “persona de influencia”, es alguien quien posee una gran cantidad de seguidores y que en cierta manera saltó a la fama a través de la internet, sea este un productor de contenido o alguien quien regularmente comparte su vida en redes sociales. Con el tiempo noté que poseer un número generoso de seguidores y ser influyente en los medios no necesariamente implica que esa influencia se transmita en el entorno personal y cercano, ya que eliges que mostrar al mundo.

Pongámoslo de esta manera, para correr una maratón tienes que entrenar a diario, establecer una rutina y dieta acorde a tu físico y luego competir junto a otros 100 participantes con igual o mayor preparación para ser merecedor de estar entre los 3 mejores pero, hoy en día, puedes saltarte todo ese desgaste al simplemente publicar que “lo lograste” en tu red social de preferencia, acompañado de una foto donde estés con ropa deportiva y mostrando aparente agotamiento. Los embriagantes likes y afirmaciones vendrán solos, después de todo, ¿quién resiste a ser afirmado? 

Puedo ir por ahí enseñando lo buena que es mi vida y crear un personaje atractivo para quienes me sigan, mostrar cuánto Dios me bendice para ganar seguidores que busquen ser como yo. Pero ¿es Dios a quien estoy apuntando a mis seguidores o solo uso a Dios para dirigirlos hacia mi marca personal? 

En contraparte aprendí, al ver a personas que muchas veces pasan desapercibidas para la mayoría de nosotros pero tienen un gran trabajo en sus espaldas, que la influencia real es la que nace de un corazón centrado en Dios.  Al ver a estos líderes, me doy cuenta que para ellos lo importante no es su propia persona sino aquellos que le rodean, no comparten lo que Dios hace a través de ellos tomando el rol protagónico o  muestran cuanto Dios los usa buscando admiración. Sus corazones parecieran estar enfocados en lo que Dios está haciendo y cómo Dios quiere usar a otros. 

“Cuando dejamos que Dios trabaje nuestra identidad en lo íntimo, esto desencadena, en consecuencia, acciones cuyo impacto trasciende sobre las vidas de los demás.”

El apóstol Pablo dijo “sean imitadores de mí como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11:1) y no creo se refiriera solamente a que, en términos actuales, mostremos públicamente cuanto imitamos a Jesús, para que las personas al seguirnos le sigan a Él también, sino que, la integridad de nuestro carácter, las intenciones de nuestro corazón y por lo tanto nuestras acciones, generen un modelo en la vida de quienes nos rodeen a tal punto que sean dirigidas a Cristo. Pablo se consideraba como el más indigno de los apóstoles (1 Co 15:9) pero tenía tal amor hacia el Señor Jesús que servirle era su recompensa, y con actitud sincera de corazón no buscaba más que darle toda la gloria a través de la inversión de su vida en los demás. Fue por el tiempo que se tomó en escuchar al Señor, de dejarse transformar por el Espíritu Santo y de relacionarse con otros genuinamente mostrando el amor de Jesús, que Dios le confió Su gloria para impactar a las primeras comunidades cristianas.  

Con esto no estoy diciendo que ser un influencer cristiano en el mundo digital sea algo malo y se tenga que demonizar como muchas veces se hizo con la tecnología a principios del siglo pasado. Pero sí creo importante tomar con cautela y revisar cuáles son las motivaciones para serlo. ¿Esa influencia en el mundo digital se ve reflejada en mis relaciones cercanas?. Si con mi influencia en las redes puedo apuntar a las personas a Jesús es una excelente oportunidad que no debe ser desaprovechada, pero si reconozco que hay falta de integridad de mi parte y estoy luchando con establecer mi propia marca personal en lugar de la del Señor, entonces es buen momento para tomar un descanso y meditar en Dios cuáles son mis prioridades. 

Puede parecer un desperdicio de potencial ya que se me enseñó que, si no publico nada en un buen tiempo, la gente no me verá (de hecho el algoritmo de algunas redes trabaja de esta manera) pero Dios me ha animado a confiar en su soberanía. Él conoce las cosas que pueden tentar a mí corazón, y sé que le agrada mucho que sus hijos tengamos motivaciones genuinas al servirle. Estoy seguro de que bendecirá el ser diligente con la influencia que nos permite tener, con un aún mayor grado de influencia. Esta fue una manera práctica de rendir cada área de mi vida (inclusive las redes sociales) a la soberanía de un Papá Celestial que, una y otra vez ha demostrado ser fiel y tener planes que mi mente no llegará a comprender en su totalidad. 

Mi foco como hijo de Él debe ser tal cual como lo fue el del Señor Jesús, “Porque yo no he bajado del cielo para hacer mi propia voluntad, sino para hacer la voluntad de mi Padre, que me ha enviado.”(Juan 6:38 DHH). Darle gloria a Dios con una vida íntegra que refleje el carácter de Jesús debe ser mi prioridad, con una actitud humilde y amorosa tengo la oportunidad, la bendición y la responsabilidad de cuidar de los demás Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y con la puerta cerrada ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mateo 6:6 RVC)

Al leer esta reflexión personal me gustaría compartirte que El Señor se encargará de darte influencia o cuidarte de ella según Él, en su inmensa sabiduría considere correcto, pues su prioridad es cuidarnos y nuestro propósito es glorificarlo. Reflexiona cada día en una pregunta que creo clave: ¿Está siendo mi carácter moldeado a la medida de Cristo?

Me gustaría  animarte a que compartas tus luchas e inquietudes con algún mentor que pueda acompañarte en tu caminar espiritual, rendir cuentas a un líder es una manera bíblica de cuidar las intenciones de nuestro corazón y desarrollar el carácter cristocéntrico.

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