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Elige una píldora

“Si tomas la píldora azul, fin de la historia…, si tomas la roja…yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos”

Si eres un amante del cine de ficción, recordarás la escena de la película taquillera The Matrix en donde Morfeo le presenta a Neo dos píldoras con efectos contrarios. Cuando el mundo se encuentra en un paro casi completo, la economía pende de un hilo y miles mueren aún en el continente más rico, Jesús te invita a tomar una decisión trascendental. Después de haber experimentado la gloriosa salvación y de haber sido traído desde las tinieblas a la luz admirable que hay en Cristo (1 Pedro 2:9), hay algo más que debes saber; hay otro llamado al que Cristo te invita y una decisión que debes tomar. No eres el primero al que Cristo le extiende la invitació; de hecho ésta data desde la fundación del Evangelio mismo y está abierta para todo hijo verdadero de Dios, aunque muy pocos la toman. Son pocos los que arriesgan todo y eligen la píldora roja.

Pedro (el apóstol) se vio frente a esta decisión y te contaré cómo sucedió, aunque probablemente ya lo sepas, pero tenme paciencia y analicemos juntos: Después de que Cristo murió, sus discípulos habían quedado muy tristes y desanimados; su amado líder, quien ellos creían sería establecido como Rey de Israel, había muerto de la peor manera posible. Pedro, pescador de oficio, decidió que había sido suficiente de estar lamentándose y, como un caradura, se fue a pescar ¡Mal! No pescaron ni una pequeña sardina, pero por la mañana sucedió lo impensable, Jesús se les apareció por tercera vez después de su crucifixión y les permitió tener otra pesca milagrosa, como de esas que tuvieron mientras estaban rondando el país junto a Él, haciendo ministerio. Pedro, imagino, estaba encantado de verle y todos comieron un desayuno reparador de pan, pescado a la brasa.

Luego de desayunar, con todos aún reunidos alrededor del fuego, Jesús se dirige a Pedro y sin rodeos le pregunta:

—Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? —Todos se vuelven a ver un poco acalorados; examinan el rostro de Cristo (tan apacible como siempre) y vuelven a ver a Pedro que ruborizado bajo su tupida barba, mira a todos lados, esboza una sonrisa burlona, baja la vista y murmura:

—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

—Entonces, alimenta a mis corderos —le dijo Jesús.

Continúa la comida, pero Cristo la interrumpe, vuelve a ver a Pedro y repite la pregunta:

—Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

—Sí, Señor—esta vez ya no es gracioso, Pedro empieza a sentir su sangre calentarse y sin alzar sus ojos del pescado responde—tú sabes que te quiero.

—Entonces, cuida de mis ovejas —dijo Jesús.

Se reanudan las bromas; vuela una chispa de la fogata; Natanael pone otro pescado al fuego; Juan y Tomás le preguntan algo a Cristo, pero Él vuelve a interrumpir la comida por tercera vez y con una firme pero apacible mirada pregunta:

—Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? —A Pedro le dolió que Jesús le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?».

Antes de que oigamos la respuesta de Pedro, quiero que consideres que Cristo es el Dios verdadero, Él tiene conocimiento infinito y podemos aseverar que conoce cada corazón (Lucas 16:15). Si Cristo conocía el corazón de Pedro, ¿por qué la pregunta? ¿Era solamente para molestarlo? ¿Quería hacer un punto y comparar el amor que le profesaban sus discípulos? Cristo es el hombre perfecto, Dios hecho carne, nunca provoca a nadie (Santiago 1:13). La razón por la cual Cristo realmente hace la pregunta, e insiste en hacerla, es porque quiere que Pedro escudriñe su propio corazón (Lamentaciones 3:40).

Nuestra forma de ver la vida es muy diferente a la de Cristo. Posiblemente, si nos hiciéramos un examen de moral, tendríamos un sobresaliente, demasiado buenos para este mundo, pero recuerda que nuestro estándar de justicia, al ser cristianos, no está en este mundo; es solamente Dios (Salmos 139). Él conoce cada rincón de nuestro corazón, cada fibra de nuestro ser y aún así nos ama con amor eterno (Jeremías 31:3). Escudriñar nuestro corazón a la luz de la justicia de Dios es vital para lo que sigue (1 Crónicas 28:9) ¡y Dios desea que lo hagamos!

Ahora, después de haber examinado su corazón, luego de que Pedro pone sus ojos en los de Cristo, vacíos de reproches, pero que derrochan amor, responde: —Señor, tú sabes todo. Tú sabes que yo te quiero.

Linda historia, pero hasta este momento no hemos pensado en lo que Cristo le ha estado pidiendo a Pedro: —Entonces, alimenta a mis ovejas. 

Más allá de que Pedro alimente y cuide al rebaño de Cristo, la propuesta subyacente, la elección de píldoras que Cristo plantea es: QUIERO QUE ME AMES.

Lo que Cristo le pide a Pedro no es el “te quiero” que alcanza nada más para ir el domingo a la iglesia, leer de vez en cuando la Biblia y tener una lista de reproducción “buena”, además de las “no buenas”. Lo que Cristo solicita no es un amor frívolo que aviva cuando estamos en aprietos o vemos cómo la muerte acecha nuestra puerta cerrada por la cuarentena. Cristo pide tu ser completo (Romanos 12:1), un amor insaciable por estar en Su presencia (Salmos 84:10); nos demanda amarlo más que a la vida (Filipenses 1:21); Él desea que tomemos la aventura de sumergirnos en la belleza resplandeciente de Su divina gloria santa (Ezequiel 47:1-12).

Cristo quiere que le conozcas de verdad, porque conociéndolo le temerás, le adorarás, y así le amarás de verdad y la única forma de obedecer perfectamente es amando al emisor del mandamiento.

Te pregunto: ¿tomarás la píldora roja o la azul? ¿Te atreverás a amarlo como te lo pide? 

Jesús te pregunta: ¿me quieres o me amas?

Los que aceptan mis mandamientos y los obedecen son los que me aman. Y, porque me aman a mí, mi Padre los amará a ellos. Y yo los amaré y me daré a conocer a cada uno de ellos.               Juan 14:21

Texto base de Juan 21:1-25. Artículo escrito por Grace Díaz. Imagen.

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